Amour es una patada en el estómago, un puñal clavado en el esófago que se retuerce en un baile desesperante, y a la vez una de las experiencias más intensas y bellas que se puede vivir viendo una película, la sensación de ser uno más de los personajes de la historia, la sensación de vivir en esa casa, de sufrir de verdad el drama, de involucrarte verdaderamente en lo que se cuenta hasta el punto de pasarlo mal, de sentirte mal, de que te duela. Porque Amour duele, porque con Amour se sufre, pero también se disfruta.

Se disfruta porque no manipula nuestros sentimientos, porque no tortura a los personajes con más y más penurias para regocijo del productor y pena del espectador, que se ve obligado a pasarlo mal porque el director y el encargado de la historia deciden que si el espectador llora y sufre acabará alabando su película. Amour no es manipuladora, no es sentimentalista, no es engañosa, es dura, cruel, incluso un poco perversa, pero a la vez es humana, natural, preciosa y muy dulce. Haneke realiza su película sin más que un limitado reparto, unas pocas estancias de un hogar convencional y los necesarios recursos cinematográficos, porque nunca se ha necesitado más para contar una verdadera historia, porque no se necesitan efectos especiales para hacer cine.
El reparto está alucinante, no sólo la nominada Emmanuelle Riva, el veterano Jean-Louis Trintignant está igualmente sensacional, impresionante. El drama es intenso, no podemos quitar los ojos de la pantalla, la tragedia nos atrapa y miles de sentimientos dominan nuestro cuerpo, miles de reflexiones sobre la vida, la muerte y el amor. Nos preguntamos qué haríamos, qué harían, cómo actuaría la gente, cómo actuaría yo, y cuando queremos darnos cuenta sentimos una fuerte presión en el pecho y maldecimos a Haneke por ser tan cruel, por tener tanta mala leche, por contarnos esta historia de una forma tan sincera, tan directa, tan humana. Porque sólo hay algo peor que contar una historia dura y difícil... y es el saber esa historia es verdadera, que esas cosas pasan, como cuando al final de una película de terror aparecen esa temida frase de "Basado en hechos reales". Me encanta Amour, y no la volveré a ver nunca.

Amour duele, duele porque es sincera, duele porque sientes que no estás viendo una película, que lo que estás viendo es la vida a través de una ventana. Amour asombra, asombra porque Haneke sin un enorme despliegue de medios le demuestra al mundo lo que es hacer cine, el arte de narrar historias, el poder de mantener al espectador con el corazón en un puño sin necesidad de trucos burdos, sin bandas sonoras que alcanzan su clímax en el momento cumbre del drama, sin preciosos atardeceres, sin arrancarnos las lágrimas jugando con nuestros sentimientos. Amour es cine porque no necesita nada de eso para narrar lo que quiere, porque aquí sólo hay insoportables silencios crueles, porque en el momento más intenso y difícil no se oye nada. En la vida y en la muerte sólo se oyen los llantos y el caer de las lágrimas.
Esto es cine, esto es la vida, esto es amor... Y duele.