sábado, 15 de febrero de 2014

Fin de otro ciclo. Comienzo de uno nuevo.

Recuerdo cuando decidí abandonar el primer blog que tuve para crear éste. Fue un paso difícil a pesar de que aquel blog estaba bien muerto y yo lo sabía. Hacía tiempo que no publicaba regularmente y la verdad es que no encontraba nada que decir. Iba siendo hora de echar el cierre. Entonces me dolió mucho más de lo que hoy me duele echar el cierre aquí. Había conocido a mucha gente en aquella etapa, tenía muchos comentarios para responder diariamente, había sido entretenido y además había sentido que había gente que de alguna forma –aunque no lo comprendiese bien– iba a echar de menos aquella cagarruta de blog.

La verdad es que hoy no siento lo mismo. No recuerdo que haya pasado mucha gente por aquí, la mayoría eran viejos amigos de siempre –o de aquel otro blog– y los que no, eran conocidos de otros lugares que venían a comentar en alguna publicación. Ni he conocido a mucha gente ni ha sido una experiencia especialmente divertida y entretenida. Quizá porque este blog ya no era un lugar especialmente divertido y entretenido y por eso mismo no tendría tanto interés, ya sea para mí como para los demás.

Sea como fuere, me he dado cuenta de que hace tiempo que me cuesta escribir algo largo y este blog lo he usado especialmente para eso, para textos largos, opiniones largas, críticas largas, relatos cortos –pero relativamente “largos”– y he llegado a un punto en el que no me motiva escribir nada aquí. Por eso he decidido comenzar un nuevo –y espero, por favor, que definitivo– ciclo en un nuevo blog que ya creé hace unos cuantos días y en el que he estado escribiendo y al que he estado trasladando algunas cosas.

El nuevo blog lo podéis encontrar aquí y en la sección de “Acerca de” explico un poco lo que me ha llevado a su creación y con qué intención nace. Evidentemente surge con una idea distinta a la idea con la que surgió este –a pesar de que conserve parte del diseño, pero confío en ir cambiándolo con el tiempo–, y espero que de aquél nunca me canse.

Si en el primer blog tuve –inexplicablemente– mucha afluencia y en éste he tenido más bien poca, estoy casi seguro de que la afluencia en el nuevo blog será prácticamente nula, pero bueno, igual acaba siendo algo positivo escribir para nadie más que para uno mismo. O ya veremos qué pasa.

Si queda alguien aquí que esté leyendo esto, le agradezco su tiempo en mi blog y le espero –si quiere– en “Donde crecen las fresas salvajes”. Es hora de poner fin a este ciclo.

Gracias por todo y un saludo.

martes, 7 de enero de 2014

Raíces - Relato corto

--

¿Y qué fue de aquello de querer comerse el mundo?


Tenía la mirada fija en ninguna parte, clavada en un punto lejano. No pensaba, no decidía, lo único que lo empujaba a vivir era la inalterable rutina. Vivía porque respiraba, pero nadie juraría que vivía realmente. Más bien existía. Existía, como existe un tronco arrancado de la vida que se deja llevar por la corriente.


¿Y qué fue de aquello de querer comerse el mundo?


De repente, sin saber cómo ni por qué, despertó de su ensoñación. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Desde cuándo estaba ahí sentado? La respuesta no llegó. Echó un vistazo a lo que solían ser sus piernas y se sorprendió de lo que encontró. Sus extremidades se habían transformado en dos esbeltos troncos llenos de vegetación que penetraban el interior de la tierra. Bajo el suelo pudo notar cómo ya no tenía pies, y cómo las fuertes raíces que ocupaban ahora su lugar se extendían en la profundidad.


¿Y qué fue de aquello de querer comerse el mundo?


Se sorprendió, mas no se horrorizó. Empezaba a entender lo que le había pasado. Miró a su alrededor y pudo observar cómo sus raíces se extendían por la deshabitada y abandonada habitación, llegando a cada rincón, invadiendo el subsuelo en derredor. Cobró entonces total consciencia de sí mismo y comprendió su situación. La voz que lo había despertado de su sueño conformista lo sacudió. Era él mismo. Era yo.


¿Y qué fue de aquello de querer comerme el mundo?


El suelo tembló y la superficie se resquebrajó, y con ella el perfecto equilibrio en el que había vivido, la magnífica fortaleza que había construido con las rocas del conformismo y el desinterés, se desmoronó. Arranqué las raíces de las profundidades sintiendo cómo todo retumbaba en torno a mí. Parpadeé. Ya no estaba allí. Ya no estaba en aquella habitación. Había recuperado mis pies y, ante mí se extendían una infinidad de caminos para seguir, pero ningún lugar en donde parar.

¿Y qué fue de aquello de querer comerme el mundo?


Vamos allá.


--

Pequeño relato propio escrito la mañana del 28 de octubre de 2013.

jueves, 4 de julio de 2013

Más gente corriente, por favor, más cotidianidad

Hay películas que no se pueden analizar. Hay películas que no se pueden explicar hasta que se ven. Hay películas que dejan sensaciones muy distintas en dos personas diferentes, esas películas son las películas de los sentimientos, las que cuentan una historia pura, humana y natural. Son las películas de las relaciones humanas, de la culpa, de la duda, de la crisis. Son las películas con las que a veces te identificas, o con las que otras veces no, las que comprendes o las que no entiendes… son las películas que van sobre gente normal, sobre gente corriente. Pienso en American Beauty, en Eternal Sunshine of the Spotless Mind, en Beautiful Girls… en la primera película de Robert Redford: En Gente corriente.

394267404_d1dc6e0204

Hace aproximadamente un año que vi esta película, y aunque he olvidado algunas cosas, la recuerdo con afecto. Hay un algo tierno en su relato, hay un algo que es capaz de tocar al espectador de alguna forma. Es una historia de castillos de naipes que se derrumban, de montañas de sueños y esperanzas que ceden ante el peso del dolor, de la pérdida, de la monotonía de la tristeza, de lo banal de lo cotidiano. Gente corriente es una película del presente y del futuro, del ahora y del mañana, una historia que podemos sentir como la de siempre… y como la de nunca.

martes, 25 de junio de 2013

La transformación de Michael Corleone

La cámara se desliza por la habitación. Se detiene unos segundos sobre Tom Hagen, que tiene algo que decir. Un instante después vuela hacia Sonny, que le replica. La imagen sigue su movimiento hasta quedarse fija en un Michael Corleone con la mirada perdida en el fondo de la habitación. Se encuentra en el centro del plano, sentado en una silla, y entonces comienza a hablar. Mientras habla, la cámara se acerca lenta, muy lentamente, pero el joven Corleone sigue fijo en el centro, es el eje de la escena, es la figura del momento.

Al final de su monólogo, el plano general de la habitación se ha convertido en un plano frontal de Michael, y el joven que no quería involucrarse en los negocios de su padre se ha transformado en su interior, con un único, impecable y genuino plano, en la pieza clave de la familia. Ahora es Don Corleone. A veces una imagen sí que dice más que mil palabras, y Coppola volvería a demostrarlo de nuevo en el inolvidable, brillante y milimetrado plano final.

miércoles, 29 de mayo de 2013

La frescura de Shane Carruth (Upstream Color, 2013)

La carrera de Carruth se veía prometedora desde aquella sorprendente ópera prima que fue Primer. El ingeniero reconvertido en cineasta consiguió crear un lenguaje propio, personal e intencionadamente confuso para su primera película, y en su segundo filme vuelve a echar mano de éste para construir una obra narrada en silencios, elíptica, en la que es el propio espectador el que, con la ayuda que se le ofrece, tiene que rellenar los huecos dejados en la historia. Carruth invita a la reflexión, se niega a dar un producto totalmente mascado para un visionado en masa, ofrece algo diferente, algo que no se haya olvidado una hora después del visionado, algo que trascienda, no otro mero producto fácilmente olvidable y que no exija nada de cada espectador.

Carruth dejó ya claras sus intenciones con Primer, una cinta discreta en cuanto a técnica (hecha con cuatro duros) pero que, retirándole la palabra al espectador y haciéndole únicamente partícipe de una historia (una vez más) elíptica y compleja, pedía de él que supiese interpretar aquello que veía y oía, que encajase las piezas de un rompecabezas que tenía solución y que sólo el espectador era capaz de formar. En su segundo trabajo, un Carruth mucho más maduro y mucho más cineasta, pone los cimientos de su propio universo, y si en Primer era la verborrea científica lo que predominaba, aquí lo son los silencios, las imágenes y los sonidos, en un cine tan personal como algunos trabajos del ermitaño Terrence Malick.

Upstream Color (5)
Upstream Color es probablemente más críptica que su antecesora, mucho más hermética y compleja, llegando a resultar para mí incluso más difícil de entender que Primer, porque en su primera película las intenciones eran claras, tenía los bordes del puzzle y sólo quedaba colocar las piezas. En Upstream Color éstas se desparraman por la mesa y el llegar a una conclusión, el ser capaz de dar una sinopsis a la película se torna mucho más complicado. El polifacético Carruth (director, actor, guionista, editor y compositor) sabe bien lo que está haciendo en todo momento y no va dando tumbos confuso por toda su película. Él está narrando lo que quiere narrar, no algo que ni él mismo comprende, nos está contando su historia, la más personal que haya narrado hasta el momento (tampoco van muchas), y casi tan valiente como su arriesgada primera apuesta.

Finalmente, Carruth consigue su objetivo, y Upstream Color se convierte en una poética, inteligente, sorprendente y compleja película que captará la atención de quien la vea no sólo durante el propio visionado, sino también probablemente durante el tiempo posterior a este. Un bello trozo de buen cine que se encuentra a medio camino entre el cine independiente estándar y el lirismo de los directores más personales del panorama actual. Una propuesta tan confusa como genuina, que levantará pasiones y rechazo casi a partes iguales, algo a lo que Carruth parece estar ya acostumbrado.

Veremos qué nos depara la próxima película de un director joven que con su segunda película da el paso definitivo para ser considerado un verdadero cineasta, ya no solo un artesano, sino también un artista que merece ser tenido en cuenta. Upstream Color es, además, una película para cada espectador, para la reflexión propia de cada uno, para que sea cada quien el que le encuentre lo que quiera verle. Como a veces se agradece que sean las películas, como una vía hacia la reflexión y la interpretación, como esta peculiar pieza simbólica y metafórica construida sobre silencios.

Upstream Color (3)